Sobre Rivadavia, entre Rincón y Sarandí, nacen dos joyas arquitectónicas construidas por el ingeniero Eduardo Rodríguez Ortega: el Palacio de los Lirios y el edificio coloquialmente conocido como “No hay sueños imposibles”. Datan de principios del 1900, sus estilos conversan entre sí y confluyen en un antiacademicismo. En Historia detrás de una fachada, te contamos más acerca de su arquitectura y la interesante figura de su creador:

Los porteños circulan por Congreso a paso agitado, caminan de un lugar a otro pero no levantan la mirada. Si tan solo miraran un segundo al cielo se sorprenderían con la cúpula que nace del edificio de Rivadavia al 2009. Construída por el ingeniero Eduardo Rodríguez Ortega, se trata de una obra de 1907, restaurada en 1999 con una fuerte impronta modernista catalana.

“No hi ha somnis impossibles”, se lee a la altura del primer nivel de la cúpula. Es un homenaje a Gaudí que se traduce del catalán como “No hay sueños imposibles”. Recuerda a una anécdota del artista relacionada al largo tiempo de construcción de la Sagrada Familia, iniciada en 1882 y aún no finalizada. “El Amo de esta obra no tiene prisa”, decía cuando alguien le hacía un comentario en alusión al tema. 

El mensaje fue instalado recién luego de su remodelación por el arquitecto a cargo de la obra, Fernando Lorenzi. Aunque él, tan sólo tardó dos años en finalizar la refacción, a pesar de las dificultades.

Solía ser un edificio de rentas con cuatro plantas de partición clásica, basamento en doble altura, fuste, coronamiento en cúpula y 40 metros de altura. Fue el primero que se realizó con ferrocemento, un antecesor del hormigón armado que lleva piedra strass, en Latinoamérica. 

El nieto de Eduardo Rodríguez Ortega se llama de igual forma, la repetición del primer nombre de pila es una tradición en esta familia. Confirma que su abuelo fue pionero del hormigón armado en el país y  generó grandes controversias. “Había muchos arquitectos que no conocían la técnica y creían que se iba a caer todo. Llegaron a denunciarlo. Cuando fue llamado por las autoridades preocupadas, les explicó sobre la nueva técnica y se ofreció a darle clases gratis a otros arquitectos. Así, difundió en Argentina las técnicas de construcción con hormigón armado”, asegura.

Al iniciarse la restauración de la cúpula-tempietto,  el equipo encargado de la puesta en valor se encontró con una construcción realmente abandonada, casi 100 años habían transcurrido desde que Rodríguez Ortega la había edificado. Lorenzi describe que se encontraron con el cerramiento de la cúpula colapsado y con la terraza repleta de desechos del edificio: heladeras viejas, bañeras enlozadas destruidas y escombros.

Antes y después de la restauración. Foto actual: Lucía Benavente.

Otro hallazgo fue un gran ornamento que estaba detrás de unas ventanas tapiadas: el escudo de Cataluña, lugar de origen del padre de Rodríguez Ortega. “Su padre, Paulino Constantino Rodríguez, era catalán. Era hijo del dueño de un astillero que, cuando era muy joven, lo mandó con una fortuna a vivir en Buenos Aires para preservarlo de la guerra en Europa”, relata Eduardo Rodríguez Ortega acerca de su tatarabuelo. 

Ni más ni menos que 952 trozos de vidrio de diferentes medidas en cada una de las aberturas de la cúpula conforman una especie de vitraux espejado. Cuando los rayos del sol impactan sobre ellos, colores y formas se reflejan de un modo singular. “Fue un desafío técnico-constructivo. Los perfiles de doble curvatura me exigían una resolución técnica muy compleja”, afirma Lorenzi.

Un mirador en forma de “cebolla” naranja corona el edificio, revestido con el típico “trencadís” de cerámica vidriada que utilizaba Gaudí. Tan solo 100 metros lo separan del Congreso de La Nación. Hoy, se encuentra equipado como un observatorio con un telescopio para poder observar los astros.

En las terrazas de 350 metros cuadrados los homenajes al arquitecto, nacido en la ciudad de Reus, continúan: dos réplicas de hierro a escala del Dragón Ladón de las Hespérides de la finca Güell y unos bancos en trencadís rojo que recuerdan al famoso Park en Barcelona. También, se halla una gran escultura de un paraguas rojo metálico, que nada tiene que ver con Gaudí, sino que reproduce una figura que se encuentra en Wall Street.

En 2002 obtuvo una mención en el Premio Bienal de Arquitectura SCA CPAU por la “Puesta en valor Consorcio Rivadavia 2009”. La restauración consistió en la adecuación del cuarto piso, terraza y cúpula para home-office y vivienda del propietario.

El arquitecto era argentino, de origen español. Tuvo influencia del modernismo de Gaudí y de la asociación vienesa, otro movimiento del art noveau”, explica Willy Pastrana, presidente de la asociación de Art Nouveau de Buenos Aires. “La asociación vienesa se caracteriza por tener más detalles geométricos y el modernismo de Gaudí más detalles curvos”, agrega.

Rodríguez Ortega terminó sus estudios en el Colegio Nacional de Buenos Aires y después decidió estudiar ingeniería civil. “Esta carrera no existía en Argentina. Él quería construir grandes obras. Tenía una mente científica y facilidades para las matemáticas”, manifiesta su nieto. Por este motivo, decide ir a estudiar a Europa y se inscribe en la Escuela para Nobles de Berlín. “Había heredado la fortuna de sus padres y decide vender sus campos en Salta para poder pagarse sus estudios en Europa”, explica.

Se recibió de Ingeniero Civil con medalla de honor con el mejor promedio de su generación. Rodríguez Ortega cuenta entusiasmado las hazañas de su abuelo: “Su diploma de honor se lo entrega el mismísimo káiser Guillermo de Alemania. En esa oportunidad lo conoce y queda impresionado con mi abuelo. Le encargan hacer varias obras civiles en Alemania. Construye un puerto comercial, un puente y hasta una base secreta para submarinos ahuecando una montaña en las costas de Suecia”.

A pocos pasos del edificio gaudista, en Rivadavia al 2031, se halla otra gran construcción de Rodríguez Ortega: el Palacio de los Lirios. Una representación del dios Eolo parece soplar desde la balaustrada. Sus cabellos componen los balaustres que simulan enredarse entre sí.

El presidente de la asociación de Art Noveau de Buenos Aires resalta la perfección absoluta botánica de cada una de las figuras florales de la fachada. “Son lirios y orquídeas perfectas. Reflejar a la naturaleza en la perfección absoluta era una característica típica del art noveau. Representan la pureza y la femineidad”, observa.

En la puerta de hierro de la entrada ya comienza el entramado botánico. Como una enredadera de piedra París crecen las diversas flores hasta llegar al final de la fachada y encontrarse con los cabellos del dios Eolo. 

Rodríguez Ortega nació en Buenos Aires el 2 de diciembre de 1871 y tuvo 6 hijos, 4 varones y 2 mujeres. “Pensaba ponerle a todos sus hijos nombres de héroes griegos que no hubiesen peleado entre sí, porque los hermanos no debían pelearse”, relata su nieto.

“Cuando empezó a construir el Palacio de los Lirios, vivía en una gran casa sobre la calle Loria. Tenía el objetivo de mudarse con su familia allí, pero desgraciadamente murió en 1938 antes de poder concretar los planes de mudanza”, cuenta Eduardo Rodríguez Ortega acerca de los deseos de su abuelo. Tardó cuatro años en construirse, desde 1903 hasta 1907.

En principio se diseñó como edificio de rentas, ya que en ese momento aún no existía la ley de propiedad horizontal. Actualmente, se distribuye en 4 pisos: la planta baja con dos locales comerciales y los tres pisos superiores con dos departamentos por planta.

Ambas obras demuestran la destreza y la mentalidad avanzada de Rodríguez Ortega a principios del siglo XX. Un arquitecto que representó la modernidad y trajo a los cimientos de Buenos Aires una fuerte impronta antiacademicista. Así lo describe su nieto Eduardo: “Amaba su país. Eligió ir a estudiar afuera para traer sus conocimientos a Argentina y beneficiar a sus conciudadanos. Fundamentalmente, mi abuelo era argentino y desarrolló su propio estilo”.

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Fotos: Lucía Benavente.

Fotos n° 8 y 9 de la galería del edificio No hi ha somnis impossibles: cortesía de Fernando Lorenzi.

Por: Lucía Benavente.

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